Como emprendedor también soñé con encontrar una idea original, que resolviera una gran problemática y que gracias a esta obtuviera resultados económicos tan grandes como sea imaginable. Con mi primera startup pensé tener esa idea en mis manos (o en las de mis socios y mias) y fue así como decidí empezar mi empresa junto a las únicas dos personas que en ese momento también le veían ese “valor” al proyecto, y fue como salimos a buscar oportunidades, capital y clientes. Hoy después de varios años puedo reconocer que para ese entonces tan solo teníamos ganas, adrenalina e ignorancia; y en ese camino de encontrar el éxito las dos primeras caracteristicas fueron haciendonos notar nuestro desconocimiento y amateurismo.

Y es que es muy común para quienes decidimos empezar en el camino de emprender, el sueño hollywoodesco de recibir millones, conquistar un mercado y ser nuestros propios jefes, lo cual es prácticamente lo opuesto a la realidad. Para llegar a eso se requiere de trabajo intenso, mucho aprendizaje, sacrificios económicos y sociales, y por último, reconocer nuestros errores, fracasos y frustraciones día a día. Solo hasta entonces, empezaremos poco a poco a convencer a otros de lo que nosotros estamos convencidos como emprendedores, y solo de esta manera, se irá alcanzando algún grado de éxito: A mayor cantidad de personas que creen en tu solución/producto (clientes, inversionistas y competidores) mayor es el grado de éxito de una startup.

De esta manera, el emprendedor cae casi en todos los casos, a no ser que cuente con experiencia, en un error tan grande como su ilusión: La sobrevaloración. Esta sobrevaloración se presenta en dos sentidos diferentes pero con características muy similares. Una está relacionada con la gran cantidad de millones de dólares que creemos que merecemos por nuestro proyecto; y la segunda se relaciona con lo que tenemos en la cabeza que es ser emprendedor, esa vida sin estrés, donde se maneja el tiempo propio y “se trabaja para lo de uno”.

Por el lado de la sobrevaloración en el costo de la startup, el salir al mercado, sentarse con inversionistas u otros emprendedores y recibir alguna oferta de inversión (si es que la reciben), hace que nos estrellemos con la realidad; una en la que existen inversionistas que en algunos casos piden garantías sobre el patrimonio del emprendedor a la hora de hacer una inversión (me pasó con mi primera empresa) y/o que piden un alto porcentaje accionario por su inversión, ahogando la startup desde su inicio.

Por el otro lado, ese estilo de vida sexy y descomplicado que tendemos a visualizar a la hora de empezar es fácil de cambiar, solo se necesita ser emprendedor por más de seis meses. Trabajar para la empresa, conseguir los primeros clientes, cumplirle a los clientes, tener empleados, cumplir con los trámites administrativos o pagar impuestos. En ese momento, quien continua se da cuenta que no tiene un jefe, sino que cada cliente termina siéndolo en muchos sentidos; que no manejamos nuestro tiempo, sino que los clientes, empleados y los trámites lo hacen; y que uno no “trabaja para lo de uno” necesariamente, primero trabaja para lo de los empleados, después para lo del gobierno, después para uno, compartido con los socios.

Al final, terminamos por darnos cuenta, que es un trabajo como cualquier otro, con posibilidades grandes al igual que los riesgos, y con muchos esfuerzos, y deja de parecernos una alternativa tan sexy. Eso se ve claramente marcado en los índices de fracaso y deserción de emprendedores, pues son pocos quienes continuan despues de un año.

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